miércoles, 18 de febrero de 2015

COMENTARIO AL ARTÍCULO DEL DR JORGE EDUARDO ARELLANO   “RUBEN DARIO Y LOS ESTADOS UNIDOS”


POR
Manuel Aragón Buitrago.


Mi estimado amigo Manuel Eugarrios Calderón, sabedor de mis inquietudes intelectuales, me ha traído el artículo a comentar de la conferencia dictada por el Dr. Arellano en The West Regional Kendal Library de Miami el martes 25 de Noviembre del 2014.

Una vez leído, encuéntrome en él con algunos puntos con los cuales no estoy de acuerdo.

1. –  Al abordar el artículo de Darío “El hombre del Norte: he ahí el peligro”, el Dr. Arellano se expresa en pretérito: “para entonces, Estados Unidos se empeñaba por imponer su hegemonía panamericana y luego su expansión imperialista”.

“Entonces – dice el Larousse –, en aquel tiempo u ocasión”. Ese entonces–pretérito del Dr. Arellano, debe correctamente ser sustituido por un “eterno-actual”. La política hegemónica del “genio del mal” como le llama Noam Chomsky, no ha cesado jamás en su vigencia, está constantemente extendiendo sus púlpeos tentáculos en todas direcciones en busca de nuevas víctimas.

2. – “Darío, sustentado en fuentes francesas, identifica a los Estados Unidos con Calibán”

Calibán no es francés, es inglés. Es el personaje siniestro creado por Shakespeare en su obra  “La Tempestad”, y que simboliza la maldad, la animalidad, los bajos instintos, la grosería, lascivia, embriaguez y traición. El contrario de Calibán es Ariel, que representa la parte noble y alada del espíritu.

Oscar Wilde compara a Inglaterra con Calibán, escuchémosle: “Calibán, el pobre y turbulento Calibán, cree que cuando ha cesado de hacerle muecas a una cosa, tal cosa deja de existir. Pero si Calibán deja de burlarse, es porque se ha encontrado con una burla más penetrante que la suya, y por un momento se ha visto aleccionado amargamente y reducido al silencio que debiera sellar para siempre sus toscos y deformes labio”. Darío emula a Wilde.

3. – Es antiestético comparar a un quebrantahuesos “John Sullivan “genio del box”, con Sara Bernhardt. Es improcedente mezclar la materia con el espíritu. Creo los seres ilustrados no deben rendir culto a la barbarie, su índole debe estar orientada a la belleza. En lo personal no soy afecto al boxeo, a los toros, ni a las peleas de gallos. Calibán y Ariel son irreconciliables. Todo lo que es violencia me enferma.

4. – “Los Hispanoamericanos todavía no podemos enseñar al mundo en nuestro cielo mental constelaciones en que brillen los Poe, Whitman y Emerson”. Aquí el Dr. Arellano habla en tiempo presente. ¿Anacrónico?

Parece el Dr. Arellano olvidó en su alocución lo que nos ha enseñado su “padre y maestro mágico” “que hay poesía en América, desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl”.
Don Miguel de Unamuno (1864-1936), hombre de otro continente, separado de nosotros por la borrascosa inmensidad de la mar Atlántico parece estaba más enterado de nuestro acontecer literario que el Dr. Arellano en esta época en que las noticias superan la velocidad lumínica.

“El Dr. Carlos Vaz Ferreira (1872-1958); José Enrique Rodó (1872-1917); Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931) (todos uruguayos), – dice Unamuno –, constituyen una terna que honraría a cualquier país culto. Ni Sarmiento, ni Bilbao, ni Martí, ni Bello, ni Montalvo, son los escritores de una u otra parte de América, sino los ciudadanos de la intelectualidad americana”.


Apena, que lo expresado por el Dr. Arellano ante un público lego en literatura e historia en este 2014, confirmen las dudas de Unamuno  cuando dice: “ Yo no sé si las relaciones culturales entre las diversas naciones americanas de lengua española son tan intimas y tan activas como debieran serlo; yo no sé si en México, Perú  o Venezuela, se sigue con interés el movimiento literario, científico, y artístico de Chile, Argentina o Uruguay; yo no sé si la conciencia de la América llamada latina es todo lo viva que debería ser”.

Muy a pesar de sus dudas, paréceme que Don Miguel se nos descubre más americanista que ciertos intelectuales de este lado del Atlántico, el sueño de Martí, de que “lo que queda de aldea en América ha de despertar”, aún no se ha realizado por culpa de las burguesías colonizadas de hojalata que nos han gobernado, y que continúan llamando “madre patria” a la que Bolívar con toda razón llamara “desnaturalizada madrastra”, a la hasta hoy causa de todos nuestros infortunios. Otro gran americanista, el uruguayo Rodó, se lamenta: “Quedan, en fin, aquellos resabios de la aldea, por los cuales para las altas cosas del espíritu, toda esta América española ha sido, en escala mayor, soledad y villorrio”

Pido disculpas al Dr. Arellano por mi atrevida intromisión en sus asuntos, pero mi paladar literario no puede deglutir cosas que rechaza con aprensión. Para su salud mental, le recomendaría darle una repasadita a los siguientes libros de su “padre y maestro mágico: “Retratos”, “Cabezas”, “Semblanzas americanas”, y “Letras dominicanas”, y se dará cuenta de la gran constelación de hombres de letras que han tachonado “nuestro cielo mental”.

5. – En cuanto a que los Estados Unidos “es el único en el mundo que tiene un Thanksgiving Day”, si lo celebran es con mucha justicia, los hijos de España no tienen nada que agradecer a la despótica madre que los engendró”.

En el año 2001, tuve la oportunidad de disfrutar “El día de acción de gracias” en Sacramento, California, y lo que más me gustó fue el pavo con que nos obsequiaron, era tanta la gente que comía pavo por todas partes, que entonces comprendí por que Mark Twain dice: “Todos deben hoy dar humildes, sinceras y efusivas gracias, menos los pavos”

Si el azar llevara este aclaratorio comentario a manos del Dr. Arellano, espero lo reciba con placer socrático. Sócrates, “ el hombre más sabio de la Grecia clásica” según el Oráculo de Delfos, solía decir: “Soy de los que gustan de que se les refute cuando no dicen la verdad, y de refutar a los otros cuando se apartan de ella, complaciéndome tanto en refutar como en ser refutado. Nunca se puede refutar lo que es verdad”

Cuando un escritor créese único, es porque ha perdido la virtud de la humildad, la soberbia es mala consejera. Hay que tomar en cuenta la existencia de “los otros”. “Para que pueda ser –dice Octavio Paz – he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”.

“El mediocre no reconoce la superioridad de los otros”, aduce Claudio Mouret. Nietzsche recomienda “huir de la mediocridad”.

No hay que echar en saco roto el consejo de hombres superiores, hay que capitalizarlos. “Ante los hombres superiores soy modesto y respetuoso” dijo Darío, “padre y maestro mágico” del Dr. Arellano



Escritor autodidacto
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                                                                                     Managua 15 de Febrero del 2015.



   



miércoles, 21 de enero de 2015

EXHAUSTIVO ANÁLISIS A LA OBRA CRITICA DE RUBEN DARIO

EN DEFENSA DE EMILIO ZOLÁ



Hace algunos años, mi estimado amigo Gilmar Miranda, de parte de un canal televisivo, quiso le brindara una entrevista referente a la masonería, a lo cual me excusé debido a mi completa ignorancia en ese tema, pues no acostumbro hablar de cosas que desconozco.

Sócrates, ante sus jueces, refiere en su Apología: “Así pues, respecto a los poetas, me di cuenta en poco tiempo de que ellos, a causa de la poesía, creían también ser sabios respecto a las demás cosas sobre las que no lo eran, y me alejé de ellos. Me encaminé hacia los artesanos. Era consciente de que yo, no sabía nada, en cambio estaba seguro de que encontraría a éstos con muchos y bellos conocimientos. Y en eso no me equivoqué, pues sabían cosas que yo no sabía y, en ello, eran más sabios que yo. Pero, atenienses, me pareció a mí que también los buenos artesanos incurrían en el mismo error que los poetas: por el hecho de que realizaban adecuadamente su arte, pero cada uno de ellos estimaba que era muy sabio también respecto a las demás cosas, incluso las más importantes, y ese error velaba su sabiduría”.

Después de leer reflexivamente la crítica que Darío hace a Emilio Zolá, Jonathan Swift, Federico Nietzsche, Aristóteles, Andrés Bello y al poeta José Joaquín Olmedo, y las obras de estos, he llegado a la conclusión de que Darío deambuló sonambulescamente por el campo de la crítica dando palos de ciego, viendo quijotescamente fantasmas en la fatamorgana de sus alucinaciones báquicas.

“Escribir sobre algo que uno no conoce, es criminal. En la crítica literaria, el crítico no tiene más opción que convertir a la víctima de sus atenciones en algo de su propia forma y tamaño”, dice John Steinveck, Pr. Nóbel de Literatura. Es decir, actúa como un Procusto literario.

Oscar Wilde en su obra “El crítico como artista”, expone: “El crítico literario ocupa el primer lugar por poseer el radio de acción más amplio, la visión más vasta, y el material más noble”.

No se necesita de mucha hermenéutica para enterarse de que Darío como crítico, fue un náufrago sin tabla de salvación, pues no poseyó las cualidades señaladas por Wilde, convirtiéndose en un vulgar criticón.

Después de citar las normas de Steinveck y Wilde a que debe someterse un crítico, he creído pertinente, citar lo que de ella piensa Darío en su artículo “La crítica”, que corresponde a su Libro “España contemporánea”, Madrid, 1899. Oigámosle: “No llamo censura a los gritos del rencor, de la burla baladí que todo lo mancha y pisotea por dar en que reir a los malvados, a los imbéciles y a los envidiosos. Ruindades y cascabeles de bufón inmoral casi inconsciente en sus injusticias de Momo, no faltan. Alarde de procaz insulto, de falta de respeto a ideas y legítimas autoridades, abundan, pero  eso, ¿qué tiene que ver con la crítica honrada, concienzuda y eficiente?”

Para los adoradores del dios Darío es un pecado capital criticar a su Moloc, en su código dogmático tal delito está penado con excomunión, pero a él se le concede patente de corso para intentar la destrucción y el descrédito de todo aquel  a quien se le antojó.

“La simpatía –dice Don Gregorio Marañón-, puede convertirse en enfermisa predilección por lo terrible. Siempre ha existido esta tendencia del arte a disculpar un cierto tipo de seres inmorales. Es una de las miserias sobredoradas del arte. El liderato ilustre, por serlo, se cree dispensado de las normas del respeto y de la medida sociales”.

¿Intentó Darío obviar las aberraciones señaladas por él en su artículo? Eso lo descubrirá el lector desapasionado e inteligente en el transcurso de la lectura de su prolija obra crítica. No intento erigirme en juez y parte. El lector sacará sus propias conclusiones, pero sus  concepciones sobre la crítica, como se verá, caen sobre él mismo como un aplastante y demoledor bumerán.

Eduardo Peláez Vallejo en su comentario a la obra de William Somerset, “La luna y seis peniques”, comenta: “Con frecuencia los escritores dedican parte de su tiempo y su obra a comentar vidas y obras de otros escritores. Les da por escribir biografías y ensayos de colegas anteriores o contemporáneos, y ahí nos dan una buena ocasión para conocerles el alma. Afloran sus mediocridades, sus tendencias, sus tentaciones, sus debilidades, sus odios y sus incapacidades”. Ya antes Cervantes había dicho: “La pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos”.

Veremos pues, si Don Rubén, no cometió el craso error de los poetas y artesanos socráticos, echándose a galopar sin el freno de la discreción por los andurriales de una pasión descontrolada, sin prever que sus críticas encontrarían la objeción de lectores bien informados.

Un estimado amigo, me decía “le parecía me estaba limitando mucho al escribir en demasía sobre Darío”. “El escritor, dice Unamuno, en lo que llama “desahogo lírico”, debe de escribir cuando se le antoje, como se le antoje, y sobre lo que se le antoje”. Agradeciendo la observación bien intencionada, como Job a sus amigos, le respondo: “Toleradme, yo hablaré; y después que haya hablado, censuradme”. Deseo escribir en completa libertad, tal como lo hizo Darío. Como Sócrates, creo “que nunca se puede refutar lo que es verdad, y que, cualquier acción hecha en orden y según la ley, no puede en justicia provocar reproche”.

No puede abordarse un tema cualquiera sin tener pleno conocimiento de los motivos que lo provocan y de sus protagonistas. “La opinión sin el conocimiento es floja y sin valor”, afirma Darío.

RUBÉN DARÍO VERSUS EMILIO ZOLÁ

En su Libro “Los raros”, en el artículo dedicado al griego Jean Moreas, comenta Darío: “Una nueva escuela acaba de surgir, opuesta hasta cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo (el romanticismo), y sus hijos los parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del naturalismo, cuyo pontífice (Zolá) aparece como un formidable segador de ideales. Los nuevos luchadores (los decadentes) quisieron librar a los espíritus enamorados de lo bellode la peste Rougon, de la plaga Macquart, y de la sequedad naturalista”.

Para comenzar, es vital la aclaración de ciertos juicios contenidos en el texto citado, siendo necesario para llevar a cabo esta disección, armarse del afilado escalpelo del conocimiento.

1º. Víctor Hugo, a quien Darío llamó “el dios Hugo”, aunque fue su máximo exponente en Francia, no fue el creador del romanticismo que se inicia en Alemania e Inglaterra a principios del S. XIX como sustituto del clasicismo, siendo en Alemania sus creadores: Federico Schiller, Enrique Heine, Federico Schlegel, Ludwing Tieck, y Federico Leopoldo von Hardenberg (Novalis); en Inglaterra: William Wordsworth, George Gordon Byron (Lord), Perry Bysshe Shelley, John Keats, y el escocés Walter Scott.

2º. Los parnasianos no pudieron ser “hijos de Víctor Hugo”, ya que pertenecían a un género literario post-romanticismo (1850) que se oponía al lirismo de éste.

3º. El que Darío califique a Zolá de “formidable segador de ideales”, no puede catalogarse más que de crasa ignorancia. Un materialista como lo fue Darío, no tiene autoridad moral para juzgar a un hombre tan espiritual como Zolá porque nunca lo comprenderá. Son seres antípodas.

4º. Los decadentes, opuestos al naturalismo de Zolá, tuvieron vida efímera. Oigamos lo que de ellos dice el mismo Darío: “Fueron los decadentes, unidos en un principio, después separados por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y curiosos cenáculos”.
El tiempo dio la razón a Paul Bourde, quien desde las columnas del Temps, contrariando a Darío, los calificó como “una muchedumbre de histéricos, un club de chiflados de un innegable desorden intelectual”.

“Artistas, ante todo, eran entusiastas y bravos, estos voluntarios del arte”, dice Darío.

Darío, a pesar de haber sido ordenado pontificalmente “Príncipe de las Letras Castellanas”, ignoro por que clan de alucinados, parece ignoraba que cosa es el arte.

Jean Jaurés, es su discurso pronunciado en la Cámara de Diputados el 19 de marzo de 1908, durante el debate sobre el traslado de las cenizas de Zolá al Panteón, dijo en parte lo siguiente: “Zolá no separó, sino que juntó el arte y la vida en la pasión de la verdad. Significa que el arte, por más alta que sea su función específica, por más clara que sea su forma propia, se renueva al entrar en contacto con la realidad de la vida. La gloria de Zolá, su honor, es justamente el de no haber concebido el arte como una especie de estanque melancólico y turbio, sino como un gran río, que arrastra entre sus aguas toda la mescolanza de la vida, todas las audacias de la realidad. Eso es lo que el pueblo, con su instinto, ha reconocido en la obra de Zolá, en el buscador de la verdad, en el compañero de luchas”.

Como puede apreciarse, el lenguaje apasionado del poeta, no admite comparación con la acertada crítica de Paul Baurde y la hermosa apología de Jaurés, bajo cuya dialéctica queda aplastado.

5º. “Los nuevos luchadores (los decadentes) quisieron librar a los espíritus enamorados de lo bello de la peste Rougon y de la plaga Macquart”, denosta Darío.

Parece que “el príncipe” no sabía lo que es la estética. Según los entendidos, “estética es la teoría de la sensibilidad, la ciencia que trata de la belleza y de los sentimientos que hacen nacer lo bello en nosotros”, tal como lo hizo Zolá. Intuyo que Rubén escribió sin razonar. ¿Quién puede negar al recrear su vista en los escritos de Zolá que su obra es de una belleza incomparable?

“Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca. La discreción es la gramática del buen lenguaje”, aconseja Cervantes.
Llamar “peste y plaga” a la obra capital de Zolá, puede concebirse como el fruto podrido de un cerebro cuyas neuronas están ya deterioradas por los vapores etílicos.
LOS ROUGON – MACQUART

Los Rougon – Macquart comprenden una serie de veinte volúmenes que contienen una colección de novelas que constituyen la espina dorsal del naturalismo, tales como: La ralea, La taberna, Naná, Comida corriente, Germinal, La tierra, Fecundidad, Trabajo, Verdad, y Dinero, luciendo en todas ellas Zolá como un atlante sociólogo que desató iras huracanadas que supo conjurar con valentía inquebrantable con el fuego de su palabra y el látigo de su pluma. “Nosotros los novelistas, decía, somos los jueces de instrucción de los hombres y sus pasiones”. Sus filisteos, que fueron legión, jamás encontraron en él “un talón de Aquiles”.

LA ENVIDIA EN VÍCTOR HUGO

“Aquel  a quien la llama de los celos lo circunda, acaba volviendo contra sí mismo el aguijón envenenado, igual que el escorpión”, sentencia Nietzsche, y Víctor Hugo no escapó de este mal fugado de la Caja de Pandora. Entrevistado por Alfred Barbou, le dijo de La Taberna: “El libro es malo. Se complace en mostrar las repugnantes llagas de la miseria a que los pobres se encuentran condenados. Es de esos cuadros que no debían pintarse. Lo sé. He descendido a todas esas miserias, pero no gusto que se las muestre como un espectáculo. No hay derecho para desnudar la desgracia”.

“Es penoso –comenta Barbou-, contestar a la crítica de Hugo. ¿Acaso él mismo, al escribir “Los miserables”, no descendió a aquello que los sociólogos más distinguidos llaman los bajos fondos sociales? La verdad es, que tanto en el mundo literario como en el político, los grandes revolucionarios no admiten de buena gana que surjan otros después de ellos”.
ZOLÁ RESPONDE

“La taberna” es seguramente el más casto de mis libros. Otras veces he tocado a menudo llagas horribles. Pero aquí es la forma únicamente lo que asusta. Están enojados contra las palabras.  Mi crimen consiste en haber tenido la curiosidad literaria de recoger y vaciar, en un molde bien trabajado, la lengua del pueblo. ¡He ahí el gran crimen! Los diccionarios de esta lengua existen, los letrados la estudian y disfrutan su acritud, de lo imprevisto y de la fuerza de sus imágenes. Por otra parte, yo no me defiendo. Mi obra se defenderá. Es una obra consagrada a la verdad, la primera novela sobre el pueblo que no miente, y que tiene olor a pueblo”.
Zolá tenía la razón de su parte, en un año La Taberna alcanzó cien ediciones.
LA TIERRA ES ATACADA

“Desde el momento de su aparición, La Tierra suscita controversias y polémicas análogas a las que, diez años antes provocara La Taberna. Las osadías, las crudezas de la novela, sus exactitudes y sus descripciones, chocan a los delicados que no aceptan la concepción naturalista del arte”.

Anatole France publica en La Temps una requisitoria, cuya virulencia sobrepasa su costumbre: “Que el señor Zolá haya tenido antes no digo un gran talento, pero si un abultado talento, estoy de acuerdo. Que le queden todavía algunos restos, es creíble; pero confieso que me cuesta enormemente pensar que esto sea así. Su obra es mala, y es él uno de esos desgraciados de los cuales puede decirse que más valdría que no hubiese nacido. Nunca nadie había hecho esfuerzos tan grandes para envilecer a la humanidad, escarnecer todas las imágenes de la belleza y el amor y negar el bien y la bondad. Nunca nadie había desconocido hasta ese extremo el ideal de los hombres. Hay en todos nosotros, en los pequeños y en los grandes, en los humildes y en los magníficos, un instinto de la belleza, un deseo de aquello que sirve para adornar y para agradar, que derramados en el mundo hacen el encanto de la vida. El Sr. Zolá no lo sabe. No sabe que las gracias son decentes, que la ironía filosófica es indulgente y dulce, y que las cosas humanas sólo inspiran dos sentimientos a los espíritus bien constituidos: la admiración y la piedad. El Sr. Zolá es digno de una piedad profunda”.

El 18 de agosto de 1887 encabezando Le Fígaro, aparece un artículo a tres columnas firmado por Paul Bonnetain, J. H. Rosny, Lucien Descavez, Paul Margueritte y Gustave Guiches. Se trata del famoso “Manifiesto de los cinco”.

“Hablando en nombre de la juventud, a la cual pretenden representar en su totalidad, los firmantes del manifiesto plantean al autor de “La tierra” una ruptura definitiva. Lo acusan de “cerrar a los sobreviviente la brecha que él mismo ha abierto” y anuncian su caída irremediable, para terminar con estas palabras: “El maestro ha descendido al fondo de la inmundicia. Pues bien, esto termina la aventura. Repudiamos enérgicamente esta impostura de la literatura verídica, esta tendencia hacia la picaresca de un cerebro enfermo de éxitos. Repudiamos a esos personajes de la retórica zolista, esas siluetas sobrehumanas y estrambóticas lanzadas bruscamente en pesadas masas. Nos alejamos de esta bastarda tierra, aunque no sin pena. Nos duele rechazar ahora al hombre a quien tanto fervorosamente habíamos amado. Nuestra protesta es el grito de probidad, el dictamen de conciencia de jóvenes deseosos de defender sus obras, buenas o malas, contra una posible asimilación a las aberraciones del maestro”.
Poco a poco se empieza a conocer la génesis del manifiesto, que ha sido fraguado en Camprosay, la villa de Alfonso Daudet.

Daudet, que adolecía de envidia por Zolá, había dicho: “Las escuelas son algo especial de Francia. Yo habría tenido mucho más éxito si hubiera levantado mi tienda frente a la de Zolá. Pero dejamos de asociarnos a él por indiferencia, y hoy toda la prensa está por Zolá. No hay gloria más que para él”.

REACCIONES CONTRA EL MANIFIESTO

En Le Réveil, Edmond Lepelletier escribe: “Habéis hecho, muchachos, una porquería que se volverá contra vosotros mismos; olvidáis que lo poco que sois se lo debéis. Vosotros no existís sino por él. Sabed, pequeños, que toda la literatura contemporánea ha tomado impulso de sus Rougon-Macquart. Mordéis los talones del padre que os engendró, y tratáis de amotinar a los filisteos contra vuestro creador. ¡Cuidado con la quijada de burro!”.

Por su parte Zolá expresa: “No conozco a esos jóvenes. No forman parte del círculo de mis relaciones, ni son amigos míos. En fin, si ellos fueran mis discípulos, lo serían al margen de mi voluntad”.

“El 16 de octubre de 1927, en ocasión de una peregrinación a Médan para conmemorar el décimoquinto aniversario de la muerte de Zolá, Lucien Descaves, con mucha nobleza, se expresó así: “Hace veinticinco años que esperaba esta cita, y porque la esperaba, creí de mi deber, hace más de tres años, hacer acto de contriccion y de alto sentimiento, después de Paul Margaritte, Rosny y Gustave Guiches, por haber puesto mi firma bajo el Manifiesto de los cinco, en 1887.

Es una satisfacción muy dulce, próxima al alivio, la que se siente al poder reparar en la edad avanzada un error y una injusticia cometidos entre el fuego y la ceguera de la juventud. Hoy he recorrido, en lo que se refiere a Emilio Zolá, el camino inverso, y vengo con tranquilidad y arrepentimiento.

Una vez, cuatro amigos míos y yo, nos condujimos con Zolá, como hijos pródigos. Nos sacudimos el yugo paternal y partimos haciendo sonar nuestros látigos de postillones emancipados. ¡Qué imprudencia la nuestra! ¿Podíamos reconocer que éramos discípulos de Zolá renegando de él? Pero sea como sea, uno después de otro, todos hemos vuelto a él con el orgullo de un arrepentimiento sincero.

Nuestra fuga común fue, en lo que a mí se refiere, tanto más tonta cuanto que había dedicado mi primer libro a Zolá. Al desdecirme hoy honradamente, vuelvo a juntarme a mi rebaño. No penetro en el jirón del naturalismo, pero expreso a su jefe toda la gratitud que le debemos, pues él nos ha hecho lo que somos, a su imagen, la imagen de los hombres de buena voluntad”.

“¡Pobre manifiesto! Al cabo de algunos años no es otra cosa que un pobre huérfano, negado y abandonado por sus padres. Salvo Bonnetain, muerto demasiado temprano para arrepentirse, los otros cuatro han expresado uno a uno su arrepentimiento por haberse dejado llevar a lo que más tarde han considerado como un pecado de juventud”

LA TIERRA

La tierra ha sido desde siembre la eterna manzana de la discordia, y el campesino que la trabaja su perpetua víctima, en la Francia prerrevolucionaria escribía Jean de la Bruyere (1645 - 1696): “Se ven ciertos animales huraños, machos y hembras esparcidos por el campo, negros, lívidos y quemados por el sol, ligados a la tierra que remueven y labran con un tesón invencible; suena como una voz articulada, y cuando se levantan sobre sus pies, muestran una faz humana; en efecto, son hombres. Por las noches se retiran a sus cubiles donde viven de pan negro, de agua y de raíces: ahorran a otros hombres el trabajo de sembrar, de labrar y de recoger para vivir, y por ello merecen que no les falte ese pan que han sembrado”.

En la Francia postrevolucionaria en donde no quedaba ni el eco del alarido libertario: ¡Libertad!, ¡Igualdad!, ¡Fraternidad! con que el pueblo había hecho la revolución, Honorato de Balzac (1799 - 1850), pone en boca de un campesino estas dramáticas palabras: “Yo ví los tiempos antiguos y veo el nuevo; le han puesto una etiqueta distinta, pero el licor es el mismo de siempre. El hoy, es sólo el hermano mayor del ayer. ¿Somos libres nosotros? Todavía pertenecemos a la misma aldea, y el señor aún está ahí. El azadón, que es todo lo que poseemos, no salió de nuestras manos, y sea como quiera, si trabajamos para el señor o para el recaudador de impuestos, que coge la mayor parte de lo que ganamos, tenemos que sudar hasta nuestras mismas vidas. Estamos encerrados como ovejas por la fuerza de las circunstancias, exactamente como solíamos estarlo bajo los señores. Y no me importa un bledo quien nos clave. Clavados por la necesidad o por los nobles, estamos condenados a trabajar perpetuamente”. “La vida de los aldeanos –dice Balzac-, no es de ningún modo un idilio de Arcadia. El hambre, la pobreza, la ignorancia y las enfermedades los castigan”.

BREVES SEMBLANZAS DE SUS OBRAS

LA TIERRA: “La Tierra –dice Zolá– es la heroína de mi libro. La tierra nutricia, la tierra que da la vida. Un personaje enorme, siempre presente, que llena el libro: el hombre, el campesino, no es sino un insecto que se agita sobre ella y que lucha por extraer de ella su vida. El permanece curvado y no ve sino el grano que debe brotar, él no ve el paisaje. Es preciso que mis personajes estén completamente saturados de la posesión de la tierra. El amor profundo, el amor absorto, ponderado y lleno de confianza en el yermo”.

LA RALEA: La ralea presenta la sed de apetitos materiales. Su excelencia es la sed del poder, el ansia y la necesidad de dominio. “La ralea – dice Zolá – no es sino una frase musical de la vasta sinfonía con que sueño. He tratado de dar en ella una idea del horrible cenegal en que Francia se ahogaba”.

COMIDA CORRIENTE: Hablar de la burguesía equivalía a hacer el acta de acusación más violenta que se podía contra la sociedad francesa, y Zolá la hizo. “Si entre el pueblo -escribe-, el ambiente y la educación lanzan a las jóvenes a la prostitución, en la burguesía el medio las empuja al adulterio”.

NANÁ: “Naná es la muchacha que exita al macho con su carne turbadora, con su fuerte olor a mujer, con la ondulación de sus senos, con el movimiento voluptuoso de sus caderas, con su sonrisa canalla y su mirada provocativa. Ella embrutece a sus amantes y engulle sus fortunas. Arruina a las familias, se convierte en un fermento de descomposición social”. El 27 de marzo de 1880, día de su publicación, se vendieron cincuenta y cinco mil ejemplares.

GERMINAL: Es el décimo tercer volumen de los Rougon-Macquart. “Por primera vez una novela describe una huelga, y la describe con detalles, en sus orígenes, en sus manifestaciones, en su evolución, en sus consecuencias, en sus peripecias trágicas, con sus asambleas de huelguistas y sus choques sangrientos, con sus reivindicaciones y sus sufrimientos, con sus alaridos y sus lágrimas, con sus crisis de cólera, y sus llamamientos a la justicia”.

En Le Fígaro, Phillipe Guille declara “que no ha encontrado en El Infierno páginas tan terriblemente dramáticas como las de Germinal, si Dante las hubiera escrito, serían ya desde largo tiempo clásicas en nuestro país”.

En los anales, Adolfo Brisson subraya el vigor de las pinturas y el aroma de terrible realidad que el libro exhala. “El lector -dice- vive con los mineros durante quinientas páginas, y muy a menudo siente que el corazón se le oprime”.

En Justicia, Gustavo Geoffroy saluda a  Zolá: “Al poeta que otros se resisten a ver, al panteísta que sabe dar soberbio relieve e idealidad a las cosas”.

Justicia: “En Justicia, expone Zolá, el centro, el nudo en que no se toman en cuenta los progresos del pueblo, el socialismo que libera poco a poco a todos los pueblos. Se cuenta sólo con la fuerza bruta, sin ver que un movimiento del pueblo arrasará con todo. Los imperios serán barridos, por la idea de la justicia, si ésta idea pone a todos los pueblos en pie de lucha. Los políticos y diplomáticos presiden el porvenir olvidándose de la fuerza del pueblo en marcha. ¡Qué ceguera!”.

El yo acuso: Su “YO ACUSO” fue el rasgo de valentía más temerario que tuvo Zolá al acusar al Estado Mayor del ejército en pleno, en carta dirigida al presidente Félix Faure motivada por el Proceso Dreyfus. Su lectura fascinante y escalofríante, es de una belleza esquiliana.

“La carta de Zolá produce una emoción y un tumulto inauditos; todo París se arrebata el diario L’Aurore, y en pocas horas se venden trescientos mil ejemplares”.

Cuando el general De Pellieux reprocha a Zolá su inactividad militar de la que había sido eximido por su miopía, Zolá responde: “Hay muchas maneras de servir a Francia. Se la puede servir con la espada y con la pluma. El general De Pellieux ha logrado sin duda grandes victorias. Yo he ganado las mías. Con mis obras la lengua francesa ha llegado a todo el mundo: esas son mis victorias. Dejo a la posteridad el nombre del general De Pellieux y el de Emilio Zolá; ella escogerá”.

“Las novelas de Zolá –dice Jules Lemaiter-, tienen el aire de las antiguas epopeyas, en Germinal se escucha la respiración larga y pesada de la máquina, como en Homero el rumor del mar”.

EL GRAN SUEÑO DE ZOLÁ

“Me sueño creando a la humanidad por encima de las fronteras, la gran patria humana. Los Estados Unidos de Europa. La alianza de todas las naciones. La cosa puede ser llevada primero al desarme general con una apoteosis final de la paz, el gran beso de paz. Así sueño a la humanidad”.

“Zolá amaba al hombre –afirma Luis Enrique Délano-, y quería para él un mundo de justicia y de paz. Amaba al hombre en su forma más pura y más noble: el hombre en sociedad, y supo distinguir perfectamente cual era el sector no contaminado del grupo social, el que tenía a su favor la gran arma de la esperanza, el llamado por la historia a dirigir la marcha de la vida; por eso, en notas de trabajo escritas por él hace más de medio siglo, se puede leer la frase siguiente: “No hay otra esperanza más que el pueblo”.

La batalla del naturalismo duró diez años, pero Zolá venció definitivamente. El 14 de julio de 1888 fue nombrado Caballero de la Legión de  Honor por Eduardo Leckroy, ministro de Instrucción Pública.

“De todo lo escrito –dice Nietzsche-, yo amo sólo aquello que alguien escribe con sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu”. Zolá escribió con sangre para los que tienen sangre y espíritu.

“El más fuerte reproche que se le hizo a Zolá fue el de su extrema crudeza en lo que relataba y en la forma de relatarlo. Pero era una crudeza encausada en ciertas direcciones, de un realismo que sabía a donde iba, que tenía un objeto; mostraba las lacras para que fueran curadas y apuntaba hacia horribles heridas sociales para que la sociedad restañara la sangre de ellas. Ningún poeta de su tiempo alcanzó el grado que logró Zolá en el arte de dotar de alma a la multitud, nunca escritor alguno supo como Zolá mostrar el alma colectiva de las masas”.

ZOLÁ EN ERUPCIÓN

“He hecho lo que había que hacer, he mostrado las llagas, he arrojado violenta luz sobre los sufrimientos y los vicios que aun se pueden curar. Los políticos idealistas hacen el papel de un médico que receta flores a sus clientes agonizantes. Yo he preferido mostrar esta agonía. Es así como se vive y como se muere. Soy cual un escribano que escribe y no saca conclusiones. Pero dejo a los moralistas y a los legisladores la tarea de reflexionar y de encontrar el remedio. Si quisieran obligarme a sacar conclusiones, diría: cerrad los lugares de vicios y abrid escuelas. El alcoholismo está devorando al pueblo. Consultad las estadísticas, id a los hospitales, haced una investigación y veréis si miento. Tendría aún que agregar: Sanead los suburbios. La cuestión de la vivienda es capital; los hedores de la calle, la escalera sórdida, el cuarto estrecho donde duermen en promiscuidad padres e hijos, hermanas y hermanos, son la causa principal de la depravación en los arrabales. El trabajo abrumador, que aproxima al hombre a la bestia; el salario insuficiente, que descorazona y hace buscar el olvido, contribuyen a llenar los burdeles y las casas de tolerancia. Sí, el pueblo es así, pero porque la sociedad así lo quiere. Consecuencias: La disminución de la estatura, una mortalidad infantil sin precedentes, el raquitismo y demás elementos propios de la peor de las bancarrotas para un país: la bancarrota fisiológica. La leyenda del beneficio de la ignorancia aparece hoy como un prolongado crimen social. Pobreza, suciedad, iniquidad, superstición, mentira, tiranía, la mujer explotada y despreciada, el hombre embrutecido y dominado, todos los males físicos y morales son frutos de esta ignorancia deliberada, erigida en sistema de política gubernamental y de policía divina. Sólo el conocimiento puede matar los dogmas mentirosos, y dispersar a los que viven de ellos, ser fuente de grandes riquezas y de cosechas desbordantes en la tierra y en los espíritus. No, la felicidad jamás ha estado en la ignorancia, sino en el conocimiento capaz de transformar el afrentoso campo de la miseria material y moral en una vasta tierra fecunda, en la cual la cultura, año tras año, multiplicaría las riquezas. Si los errores judiciales son posibles, si el pueblo se hace cómplice de ellos, si a veces le ocurre que hace causa común con los verdugos en contra de las víctimas, es porque ha sido mantenido durante siglos en la ignorancia”.

Para hablar de Zolá se necesitaría de mucha tinta y espacio, es su obra tan grande que, como dijera Abel Hernant en su entierro hablando en representación de la Sociedad de Hombres de Letras: “Si sus libros se les pone uno sobre de otro, formarían un pedestal bastante alto para la estatua que le haremos”.

SU MUERTE

El 29 de septiembre de 1902, dejó de existir este adalid de la justicia y el amor. Partió con el alma limpia, jamás guardó rencor hacia quienes le atacaron hasta con odio. El mundo entero se estremece ante su deceso. El New York Journal del 1º de octubre de 1902 reproduce las palabras del Papa León XIII: “Era un enemigo de la Iglesia, pero un enemigo franco y honesto. Que su alma repose en los cielos”.

“De todas partes llegan las manifestaciones más vivas y emocionantes de dolor y de sentimientos. Entre las naciones extranjeras hay una a la que Zolá estaba ligado por lazos de origen; su pérdida es dolorosamente sentida allí, y el ministro de Instrucción Pública de Italia envía el pésame supremo de su país. También el Gobierno de la República tiene el honor de tomar parte en los funerales”.

Ante su cuerpo yacente se desbordan ríos de elocuencias panegíricas hasta en quienes le habían atacado mordazmente. Al final los había vencido a todos, como un Alejandro literario, murió sin derrotas.
Anatole France, uno de sus más formidables detractores, el mismo que dijera de Zolá: “Su obra es mala, y es él uno de esos desgraciados de los cuales puede decirse que no hubiesen nacido. El Sr. Zolá es digno de una piedad profunda”, ahora, ante su cadáver, salmodia quizá arrepentido: “¡Que hermosa es esta alma de Francia! No lo compadezcamos por haber soportado y sufrido. Envidiémosle. Levantada sobre el más prodigioso amasijo de ultrajes que la idiotez, la ignorancia y la maldad hayan elevado jamás, su gloria alcanza una altura inaccesible. Envidiémosle: ha honrado a su patria y al mundo con su obra inmensa. Envidiémosle; su destino y su corazón le hicieron el favor más grande: Zolá fue un momento de la conciencia humana”.

ESCUCHEMOS A DARIO, OTRO DE LOS VENCIDOS

“No dejes que tu boca te haga pecar”, dice el Eclesiastés, y Darío pecó de ignorancia al llamar “peste y plaga” a los Rougon-Macquart de Zolá. Esta peste y esta plaga, fue traducida a la lengua de Shaskespeare por el periodista ingles Ernest Alfred Vizetelly. “La epopeya de los Rougon-Macquart –dice Alexander Zevaes-, contituye una requisitoria formidable contra un régimen político y social generador de tantos males, corrupciones e injusticias”.

Es de su libro “OPINIONES”, Paris, 1906, y de su artículo “El ejemplo de Zolá”, que extraigo de Darío sus palabras: “Era hombre de bien y un gigante el último de los evangelistas, Fue predicador de altas virtudes; dijo a la juventud palabras de engrandecimiento y de deber, y a la muchedumbre señaló el rumbo de las venideras victorias de paz y de felicidad. ¡Un gran idealista, el gran naturalista! Un corazón de adolescente en el cuerpo del coloso; un casto, el que señaló las terriblezas de la lujuria; un sobrio, el que mostró la sombra roja del alcohol; un soñador, el práctico y concienzudo arquitecto de tanta fábrica maciza; un modesto, el más magistral director de ideas de estos últimos tiempos, y el tímido solitario un valiente que, al llegar la hora se puso a arrostrar las ciegas turbas furiosas que le insultaban y lapidaban, en una actitud sencilla como el Deber y grandiosa como la justicia. El ejemplo es soberbio y se encierra en la historia para guardarlo como una estela moral inconmovible al paso de los vientos de los siglos”.

Zolá amó al pueblo con la misma fuerza que odió a la burguesía. Fue el amor por los pobres el que le inspiró sus novelas. Su obra es un legado que perdurará para siempre, la muerte y el olvido no se enseñorearán en ella mientras la injusticia exista. Si hay “plumas furiosas por exceso de amor”, como apuntala Darío, la de Zolá fue una de ellas.


COLOFÓN

Francia, la ilustre Francia, por una de esas paradojas indescifrables del destino, fue engrandecida ante Europa y el mundo por dos advenedizos: Napoleón y Zolá. Napoleon, tanto en la escuela militar de Brienne como en la de París, fue objeto de burlas de parte de sus compañeros por mixtar su mal francés con palabras de su lengua corsa. Al graduarse a la temprana edad de 16 años, exclamó: “De esta espada, sólo la empuñadura es de Francia, el filo es mío”. En pocas palabras quedaba ya confirmado su férreo carácter. Zolá, que sólo hablaba el provenzal, lengua romance del sur de Francia, en 1860, a los 20 años de edad, escribe a su amigo Lézanne y le dice: “Me siento abatido, incapaz de escribir dos palabras. Pienso en el porvenir, y lo veo tan negro, tan negro, que retrocedo espantado. Ni fortuna, ni oficio, nada, sólo descorazonamiento. Hay días que siento que carezco de inteligencia, y me pregunto que valgo para haber construído sueños tan orgullosos. No terminé mis estudios, ni siquiera sé hablar un buen francés. El mundo no se ha hecho para mí, y si alguna vez tengo que vivir en él, hare una triste figura”.

¡Cosas de la vida! Quien ésto escribió, es el mismo que más tarde dirá: ¡Me río de la escuela francesa!, calificado por Hipólito Taine de “psicología viviente”, y por Barbey D’Aurevilly de “vientre cerebral”.

Así, pues, fue como dos advenedizos hicieron brillar a Francia: uno con la espada, el otro con su pluma, cristalizando el ideal del superhombre nietzscheano.

LA INFLUENCIA DE ZOLÁ

En la introducción al Cuento Hispanoamericano Siglo XIX, nos dice el colombiano Santiago Londoño Vélez: “La tendencia naturalista también se integró al romanticismo hispanoamericano. Bajo la influencia de Zolá se entiende que ahora la narración es un pedazo de vida, un documento humano. El medio ambiente y los instintos se conjugan para regir a los personajes. El interés por lo social, la estructura precisa y los caracteres bien definidos son sus características”.

Como nicaragüense, me sentiría orgulloso de que las obras de Darío hubiesen despertado la desbordante histeria colectiva que produjeron en las masas las de Zolá, desafortunadamente no fue así, y los niveles de venta y de ediciones, certifican la desigualdad genial y de sentimientos morales entre el crítico y el criticado.

Sé que mis escritos no son gratos a todo el que me lee. Hasta hoy no ha existido escritor alguno que haya satisfecho el paladar literario de “El Señor Todo el Mundo”, siempre ha habido quienes se han inclinado por Jesucristo, y quienes por Barrabás. “No convendría –dice Mark Twain-, que todos pensásemos igual; la diferencia de opiniones es la que hace posible las carreras de caballos”.

Existen en el mundo de las ideas escritores que recuerdan “El perro del hortelano” de Lope de Vega, “que después que muerde halaga”. Darío y Anatole France, Pr Nóbel de literatura 1921, fueron sus arquetipos.

“Nunca se encuentran alas corpóreas que estén en armonía con las del espíritu”. Johann Wolfgang Goethe


FIN

martes, 9 de septiembre de 2014

OBRA Y MUERTE DE GARCIA LORCA





DEDICATORIA


Ing.
Bayardo Cuadra:


Después de mucho deambular por los laberintos de mi cerebro en busca de cómo empezar, he leído detenidamente las dedicatorias que de sus obras hicieron Cervantes al duque de Béjar y al conde de Lemos, y Maquiavelo a Lorenzo de Médicis, encontrando en ellas un índice de sumisión servil, para mí, no acostumbrado a incensar a un semejante, reprobable en hombres de tan grande y esclarecido intelecto, quedando en cambio complacido, el saber por el contrario, cómo el sabio argentino José Ingenieros, dedicó su tesis de graduación al humilde portero de la Facultad, y, al ser requerido por tan inusitado hecho, respondió: “ Yo he venido aquí a demostrar la calidad de los conocimientos adquiridos, y no a que se me reprenda por mis afectos” .

Yo, mi estimado ingeniero, por los numerosos servicios de usted recibidos, y el afecto hacia su persona que ellos han generado en mí, dedícole este merecido reconocimiento al más grande poeta de mi predilección, a quien aprecio no tanto por su poesía como por su don de gentes. García Lorca no fue un ser humano al igual que nosotros, fue un Eros que descendió del Olímpo y se humanizó, fue un hombre-amor que jamás practicó el capital pecado de discriminar a los humildes, como acostumbran hacerlo quienes no valen tanto como él. Ignoró siempre, no obstante el relevante estado económico familiar, la locura humana del rango social.

Ruégole pues, recibir esta ofrenda, con el único valor del inapreciable oro de mi agradecimiento.

Atte.



Manuel Aragón Buitrago.

FEDERICO GARCIA LORCA


Manuel Aragón Buitrago

Es este un modesto homenaje de un pequeño poeta de la Granada de Nicaragua, al más grande poeta de la Granada española. Para escribir sobre la vida de un hombre de la calidad humana de García Lorca, preciso es hacerlo con el corazón en la mano y la más diáfana y respetuosa reverencia. Hombres con el espíritu de Federico, se dejan ver por este planeta a lo largo de los tiempos, como los cometas en el espacio sideral. No son hombres, “son ángeles que bajan a la Tierra”, como los que bajaron a escuchar la serenata de Schubert. Monto pues en alado Pegaso, y echo a galopar mi pluma confiado en que las Musas me serán propicias.

Nació Federico en Fuente Vaqueros, Granada, el 5 de junio de 1898 por la noche. Es por eso que dijo en cierta ocasión: “Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos: del gitano, del negro, del morisco, que todos llevamos dentro”. Como en estas páginas trato de hacer “la anatomía de un hombre”, como dijera Ortega y Gasset, cedo la palabra a Ana María Dalí, hermana del pintor Salvador Dalí: “Ha dicho alguien que García Lorca era como un cisne, que fuera del agua es pesado y sin gracia, pero que apenas se desliza por el lago, no sólo es bellísimo, sino que irradia belleza a cuanto le rodea. Así era, realmente; fuera de su ambiente, que era recitar, tocar guitarra o el piano y hablar de cosas que le interesaran, su rostro, duro y preocupado, tenía una expresión inteligente, rebosante de vitalidad, pero no eran muy atractivos ni su figura, poco esbelta y cuadrada, ni sus movimientos, más bien pesados. Apenas, sin embargo, se encontraba en su ambiente, adquiría movimiento, y todo él parecía de una elegancia perfecta. La boca y los ojos armonizaban de modo tan admirable, que no se podía permanecer insensible al gran atractivo que se despedía de su persona. Las palabras fluían, entonces, agudas y penetrantes, y la entonación de su voz, más bien ronca, era de una belleza única. Todo quedaba transformado a su alrededor. Federico era de una gran sencillez. Aunque seguramente, comprendía su mucho valer, nunca tuvo la enorme pretensión que siempre fue la característica de mi hermano Salvador”.

El sevillano Vicente Aleixandre, Premio Novel 1977 y poeta de la generación del 27 como él, lo recuerda así: “Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del Universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría. Quienes lo vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido, no le conocieron. Su corazón era como pocos, apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo. Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus “Sonetos del amor oscuro”, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: “Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir! Me miró… y se sonrió como un niño”.

Según José Martí, los hombres van en dos bandos: “Los que odian y destruyen, los que aman y edifican”. Federico fue designado por la naturaleza para pertenecer al segundo grupo. “Toda especie humana tiene su carácter y su sello”, señala el germano Herman Hesse. En García Lorca, no hubo duplicidad fáustica como en Darío, hasta el final de su vida amó a los humildes, a los marginados, hasta llegar a pagar con su vida, como un Cristo nuevo, ese inclaudicable amor. “Hoy en España, decía, se escribe en el teatro para el piso principal, y se quedan sin satisfacer la parte de butacas. Escribir para el piso principal es lo más triste del mundo. El público virgen, el público ingenuo, que es el del pueblo, no comprende cómo se le habla de problemas de los patios de la vecindad despreciados por él”. En ésto, el espíritu de Federico pareciera gemelo del de Mark Twain, quien en carta a su amigo Andrew Lang en 1890 le decía: “El sutil estrato de la humanidad –la clase culta– tiene que ser aplacada, deleitada, animada, alimentada y cuidada con exquisiteces y delicadezas, no cabe duda; pero dedicarse a atender a ese reducido sector, paréceme que no es ocupación digna y laudable, porque se limita a alimentar a los que ya están bien nutridos, y eso no tiene gran mérito. A mi entender, los que merecen el esfuerzo de levantarlos, no son los que ya están salvados, esa pequeña minoría, sino la masa inmensa de los incultos, que están debajo. La masa no verá nunca a los grandes maestros, porque esos son para pocos. A mí se me ha interpretado mal desde el principio. Jamás he intentado contribuir a la cultura de las clases cultas, ni aspiré a ello en absoluto, sino que siempre busqué “la caza mayor, las masas”. Rara vez he tratado deliberadamente de instruirlas, pero he hecho cuanto he podido por divertirlas. Entretenerlas, sencillamente, ha colmado mis aspiraciones más queridas en todo momento. Francamente, nunca me he preocupado por las clases cultas; ellas pueden ir al teatro y a la ópera, ni yo ni el acordeón les dicen nada”.

“La conciencia social de Federico, había nacido probablemente en los años de la Residencia de Estudiantes”, tan contrarios a su bienestar personal”, recuerda su coetáneo, el malagueño Emilio Prados. Y esa conciencia de la justicia social se afirmó aún más en él durante su estadía como estudiante en Columbia University (1929-1930), en donde escribió sus poemas “Poeta en Nueva York”. En lectura pública de uno de estos poemas a su regreso a Madrid, dice: “El Crysles Building se defiende al sol como un enorme pico de plata, y, puentes, barcos, ferrocarriles y hombres, los veo encadenados y sordos, encadenados a un sistema económico cruel al que pronto habrá que cortarle el cuello”.

La descripción que Federico hace de Nueva York, palidece ante la que de él  hace el neoyorquino Henrry Miller en su libro “Trópico de cáncer”: “Cuando pienso en la ciudad en la que nací y me crié, ese Manhattan que Whitman cantó, una rabia fría y ciega me lame las entrañas”, dice Miller. Darío también habla de su crítico estado social en su poesía “La gran cosmópolis”: “Casas de cincuenta pisos, servidumbre de color, máquinas, diarios, avisos, ¡y dolor, dolor, dolor!”.

El primero de mayo de 1936, envió a María Teresa de León este telegrama: “Yo saludo afectuosamente a todos los trabajadores de España, unidos en este día por el violento deseo de una sociedad más justa”. En junio del mismo año, un mes antes del estallido de la guerra civil, contestaba a la pregunta de un periodista de como juzgaba la famosa teoría “del arte por el arte”: “Ese concepto del arte por el arte es una cosa que sería cruel si no fuera afortunadamente cursi. En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas”.

COMO DEBE SER EL TEATRO

“El teatro, confiesa Federico, fue siempre mi vocación. He dado al teatro muchas horas de mi vida. El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana, y al hacerse humana, habla y grita, llora y se desespera. El teatro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se les vean los huesos, la sangre, Han de ser tan humanos, tan horrorosamente trágicos, y ligados a la vida con una fuerza tal, que muestren sus traiciones, y que salgan a sus labrios toda la valentía de sus palabras, llenas de amor o de ascos. Lo que no puede continuar es la supervivencia de los personajes dramáticos que hoy suben a los escenarios llevados de las manos de sus autores. Son personajes huecos, vacíos totalmente, a los que sólo es posible ver a través del chaleco: un reloj parado, un hueso falso, o una caca de gato, de esas que hay en los desvanes”.


EL TEATRO UNIVERSITARIO “LA BARRACA”

En 1923 fundó el teatro universitario “La Barraca”, teatro ambulante, para, a lo gitano, llevar diversión a los campesinos. La Barraca estaba constituida por actores profesionales y estudiantes universitarios. “A mi me interesa, decía, más la gente que habita el paisaje que el paisaje mismo. Yo puedo estarme contemplando una sierra durante un cuarto de hora; pero enseguida corro a hablar con el pastor o el leñador de esa sierra”.

“Formar parte de “La Barraca” era el sueño de todo estudiante que, amante del teatro y admirador de García Lorca, se exaltara ante la idea de pasar sus veranos yendo de pueblo en pueblo a representar bajo las estrellas ante un público atento y sencillo. Descubrimiento recíproco: el estudiante descubría al pueblo y éste al estudiante. Los de La Barraca ensayaban en cualquier parte, no tenían un local, pero aún así el entusiasmo por su labor teatral era grande, pero así como se terminó la República Española, terminó este grupo teatral”. Federico afirmó: “La Barraca es para mí toda mi obra, la obra que me interesa, que me ilusiona más todavía que mi obra literaria, por ella muchas veces he dejado de escribir un verso o de concluir una pieza, entre ellas Yerma, que la tendría ya terminada si no me hubiera interrumpido para lanzarme por tierras de España, en una de esas estupendas excursiones de mi teatro”.

EL POETA HABLA DE LA POESÍA

“La creación poética, dice, es un misterio indescifrable, como el misterio del nacimiento del hombre, del dolor del hombre, y la injusticia constante que mana del mundo, y mi propio cuerpo, y mi propio pensamiento, me evitan trasladar mi casa a las estrellas. El poeta que va a hacer un poema tiene la sensación de que va a una cacería nocturna. Un miedo inexplicable rumorea su corazón (lo sé por experiencia propia), pero el poeta debe ir a su cacería limpio y sereno. Hay a veces que dar grandes gritos en la soledad poética para ahuyentar a los malos espíritus que quieren llevarnos a los halagos populares. El poeta debe tapar sus oídos como Ulises ante las sirenas.
En mis conferencias he hablado a veces de la Poesía, pero de lo único que no puedo hablar es de mi poesía. Eso hay que dejárselo a los críticos y profesores”.
CONFERENCIA EN BUENOS AIRES

En 1934 Federico viajo al Uruguay y a la Argentina. En Buenos Aires  dio una conferencia que tituló “Teoría y Juego del duende”, que a continuación transcribo fracmentariamente: “Desde el año 1918, que ingresé en la Residencia de Estudiantes de Madrid, hasta 1928, en que la abandoné, terminados mis estudios de Filosofía y Letras, he oído en aquel refinado salón, cerca de mil conferencias. No. Yo no quisiera en esta sala ese terrible moscardón del aburrimiento, que ensarta todas las cabezas por un hilo tenue de sueño y pone en los ojos de los oyentes unos grupos diminutos de puntas de alfiler”.

En toda Andalucía, roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo descubre en cuanto sale con instinto eficaz. El maravilloso cantaor, “El lebrijano”, decía: “Los días que yo canto con duende, no hay quien pueda conmigo”; la vieja bailarina gitana, “La Malena”, exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fracmento de Bach: “¡Olé! ¡Eso tiene duende!” Manuel Flores, gran artista del pueblo andaluz, el hombre con mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando a Manuel de Falla su nocturno del Generalife, esta espléndida frase: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”, y a uno que cantaba, le decía: “Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque no tienes duende”. Y no hay verdad más grande.

Esos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. “Sonidos negros”, dijo el hombre popular de España, y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: “Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”.

Así, pues, el duende es un poder, y no un obrar, es un luchar, y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: “El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies”. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; de sangre, de viejísima cultura, de creación en acto.

Este “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”, es, en suma, el espíritu de la tierra, el mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente de Rialto, o en la música de Bizet sin encontrarlo, y sin saber que el duende que él perseguía, había saltado de los misteriosos griegos a las bailarinas de Cádiz.

Así pues, no quiero que confundan al duende, con el demonio teológico de la duda, al que Lutero, con sentimiento báquico, le arrojó un frasco de tinta en Nurember, ni con el diablo católico, destructor y poco inteligente, que se disfraza de perra para entrar en los conventos, ni con el mono parlante que lleva el truchimán de Cervantes en la comedia de los celos y las selvas de Andalucía. El duende de que hablo, es descendiente de aquel alegrísimo demonillo de Sócrates que lo arañó indignado el día que tomó la cicuta. “Todo hombre, todo artista –dirá Nietzsche-, cada escala que sube en la torre de su perfección, es a costa de la lucha que sostiene con un duende”, no con un ángel, como se ha dicho, ni con su Musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz de la obra.

El ángel guía, regala y deslumbra, vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia, y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra.

La Musa dicta, y, en algunas ocasiones sopla. Los poetas de musa oyen voces y no saben de dónde, pero son de la Musa que los alienta y a veces se los merienda. La Musa despierta la inteligencia, pero la inteligencia es muchas veces la enemiga de la poesía, porque imita demasiado, porque eleva al poeta en un trono de agudas aristas, y le hace olvidar que de pronto se lo pueden comer las hormigas o le puede caer en la cabeza una gran langosta de arsénico contra la cual no pueden las Musas.

Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas; al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. La verdadera lucha es con el duende.

Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda dulce geometría aprendida, que rompe los estilos. Los grandes artistas del sur de España, gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya toquen, saben que no es posible ninguna emoción sin la llegada del duende.

Una vez, la “cantaora” andaluza Pastora Pavón, “La niña de los Peines”, sombrío genio hispánico, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se le enredaba en la cabellera, o la mojaba en manzanilla, o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados. Entonces, La Niña de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrazada, pero… con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.

La niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca.

La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso.

En toda la música árabe, danza, canción, alegría, la llegada del duende es saludada con enérgicos “¡Alá, Alá!”, “¡Dios, Dios!”, tan cerca del “¡Olé!” de los toros; y en todos los cantos del sur de España la aparición del duende es seguida por gritos de “¡Viva Dios!”, profundo, humano, gracias al duende que agíta la voz y el cuerpo de la bailarina, evación real y poética de este mundo. Naturalmente, cuando esa evasión está lograda, todos sienten sus efectos: el iniciado, viendo como el estilo vence a una materia pobre, y el ignorante, en el no sé qué de una auténtica emoción.

Hace años, en un concurso de baile de Jerez de la Frontera se llevó el premio una vieja de ochenta años contra hermosas mujeres y muchachas con la cintura de agua, por el solo hecho de levantar los brazos, erguir la cabeza, y dar un golpe con el pie en el tabladillo; pero en la reunión de musas y de ángeles que había allí, bellezas de forma y bellezas de sonrisa, tenía que ganar y ganó, aquel duende moribundo que arrastraba por el suelo sus alas de cuchillos oxidados.

Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que éstas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto.

Muchas veces el duende del músico pasa al duende del intérprete, y otras veces, cuando el músico o el poeta no son tales, al duende del intérprete, y esto es interesante, crea una nueva maravilla que tiene en la apariencia, nada más, la forma primitiva, tal es el caso de la enduendada Eleonora Duse, que buscaba obras fracasadas para hacerlas triunfar gracias a lo que ella inventaba, o el caso de Paganini, explicado por Goethe, que hacia oír melodías profundas de verdaderas vulgaridades, o el de una deliciosa muchacha del Puerto de Santa María, a quien yo le ví cantar y bailar el horroroso cuplé italiano ¡O Mari!, con unos ritmos, unos silencios y una intención que hacían de la pacotilla italiana una dura serpiente de oro levantada. Lo que pasaba era que, encontraba alguna cosa nueva que nada tenía que ver con lo anterior, que ponían sangre viva y ciencia sobre cuerpos vacíos de expresión.

Todas las artes, y aun los países, tienen capacidad de duende, del ángel y de musa; y así como Alemania tiene musa, e Italia tiene ángel, España está todo el tiempo movida por el duende como país de música y danza milenaria, donde el duende exprime limones de madrugada”.

La virtud mágica del poema consiste en estar siempre enduendado, porque con duende es más fácil amar, comprender, y es seguro ser amado, ser comprendido.

En España tiene el duende un campo sin límites sobre los cuerpos de las bailarinas de Cádiz, elogiadas por Marcial, sobre los pechos de los que cantan, elogiados por Juvenal. El duende opera sobre el cuerpo de la bailarina como el aire sobre la arena, en todo momento opera sobre los brazos con expresiones que son madres de la danza de todos los tiempos. El duende no se repite, como no se repiten las formas del mar en la borrasca.

España es el único país donde la muerte es el espectáculo nacional, donde la muerte toca largos clarines a la llegada de las primaveras, y su arte está siempre regido por un duende agudo que le ha dado su diferencia y su claridad de invención.

Cada arte tiene, como es natural, un duende de modo y forma distinta, pero a todos unen raíces en un punto de donde manan los sonidos negros. Pero… ¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados; un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas”.

SUS OBRAS TEATRALES

Sus obras de teatro, no tan numerosas como las de Shakespeare, pero sí de suficiente calidad artística cómo para satisfacer el paladar del flemático público inglés, en los años 80 se estuvieron exhibiendo durante tres meses en los teatros londinenses. De estas obras vale la pena recordar: Yerma, La casa de Bernarda Alba, Mariana Pineda y Bodas de sangre.

De Bodas de sangre ha llegado a mis manos un interesante reportaje fechado 29 de agosto de 1987, que con sumo placer transcribo para deleite del lector: “La verdadera novia de “Bodas de sangre”, Francisca Cañadas Morales, que contaba con 84 años de edad, falleció en la madrugada del pasado 9 de agosto en Níjar, Almería, población española donde en 1928 ocurrió el “crimen de Níjar”, que inspiró a Federico García Lorca para escribir su obra. El sacerdote de Níjar, Joaquín Gutiérrez, que conoce a los protagonistas de la historia, recordó a periodistas y pobladores jóvenes del pueblo, los pormenores del trágico suceso.

El crimen de Níjar ocurrió el 24 de julio de 1928. En la madrugada de ese día, horas antes de que se celebrara la boda, Francisca Cañadas Morales dejó plantado a su novio, Casimiro Pérez Morales, y huyó a lomos de una mula con su primo Francisco Montes Cañadas. A unos kilómetros, Montes cayó muerto a tiros, mientras que a Francisca intentaron estrangularla, pudiendo salvarse al simularse muerta.
Desde aquel día, la familia ha pensado que Francisca había cometido una ofensa irreparable a toda la población. La mentalidad de entonces la ha alcanzado hasta el último día de su vida. Periodistas y escritores de todo el mundo han desfilado durante el último medio siglo en busca de algún testimonio de Francisca Cañadas, conocida con el sobrenombre de “la coja”, con resultados infructuosos.
Hablar con esta mujer suponía enfrentarse a hijos y nietos, quienes celosamente la han tenido apartada. La evasivas más absurdas se han producido ante periodistas venidos desde Estados Unidos o el Canadá.

El paso del tiempo había dejado el vigor de una mujer ilusionada por su boda en un cuerpo reducido y consumido por un silencio voluntario o, quien sabe si obligado por la tradición de un pueblo, Níjar, muy sensibilizado por el amor y la sangre. No obstante, el sacerdote afirmó que “Francisca ha sido una mujer piadosa y una catequista que celebraba oraciones diariamente”.

El entierro de Francisca Cañadas, la novia del crimen de Níjar, sirvió para que en la población planeara de nuevo la figura del novio real, Casimiro Pérez, de 87 años que reside en un barrio de Níjar. Desde el día de la boda Casimiro no ha dirigido palabra alguna a Francisca. En octubre de 1985, durante una conversación con el periodista español Antonio Torres, Casimiro Pérez rechazó ver una foto de Francisca. Casimiro vive en la actualidad con Josefa Segura, con la que contrajo matrimonio tras el desengaño amoroso, en una casita baja, situada a escasos metros del mar, en la barriada pesquera y turística de San José.

Los concurrentes al entierro de Francisca, se encontraron en el cementerio ante la tumba de otro testigo, muerto a cartuchazos durante el día de la boda. Se trata del joven Francisco Montes, que se fugó con su prima Francisca horas antes de que ésta contrayese matrimonio con Casimiro Pérez, que desde el día del entierro es el único protagonista real vivo de aquella tragedia, inmortalizada por García Lorca con el título de “Bodas de sangre”.

EL POETA ES ASESINADO

Es España el único país europeo que más tiempo permaneció bajo dominio extranjero. Los romanos dominaron la Península 629 años; los visigodos 299; los árabes 781, para sumar 1,709 años. Romanos y árabes les llevaron cultura, pero la babarie goda se hizo en ella medular dentro y fuera de sus fronteras. El despotismo, la dureza de un funcionario español, civil o militar, es herencia goda. Esencialmente no han cambiado. Hace pocos años, una humilde mujer nicaragüense que con gran sacrificio económico acudió a España con su hija enferma, sin piedad fue devuelta del aeropuerto. Pareciera que la maldad les produce deleitosos orgasmos satánicos.

España ha vivido en constante ebullición bélica, tanto dentro como fuera de ella sin provecho alguno. La historia registra en ella cuatro revoluciones, la ultima 1854-1856, además de las guerras carlistas, 1833-1840, 1872-1876. Cuando han habido estas revueltas, se ha instalado siempre la godocracia, y los primeros en salir en estampida son los poetas, intelectuales y profesionales de la educación.
En la guerra civil, 1936-1939, el general franquista Millan Astray que llamó a sus hombres “Galápagos de pellejo duro”, entró a la sala donde Unamuno dictaba su cátedra, gritando: “¡Muera la inteligencia, viva la muerte!”. Razón tuvo José Bergamín al exclamar: “Por un lado, el orden multiforme de la vida, por el otro lado, el desorden uniformado de la muerte”. Fue el inicio del holocausto.

De los poetas, Miguelito Hernández, el humilde pastorcillo de Orihuela fue paseado de cárcel en cárcel hasta que murió de tuberculosis. Antonio Machado murió en mayor pobreza en Francia. ¿Y García Lorca? No logró escapar. El 18 de agosto, en la madrugada, fue capturado por “La Brigada Negra” en casa de sus amigos falangistas los Rosales. Lo captura Ramón Ruiz Alonzo, católico conservador granadino, director del periódico “El Ideal”, y fusilado en Viznar, Granada, entre el 19 y 20 de agosto.

Y es Marcelle Auclair, una francesa que escribió “Vida y muerte de García Lorca”, quien llegó más cerca de la verdad, así como identificar el lugar donde lo asesinaron y el de su enterramiento; los facistas, además de que trataron de ocultar su asesinato, también trataron de ocultar el lugar de su tumba, para que no fuese tomada como lugar de peregrinación de sus muchos admiradores. Auclair, quien realizo sus investigaciones en 1966, dice: “¿Jugaron las autoridades, al principio la carta del olvido? ¿Pudieron suponer que después de algunas manifestaciones de indignación, la obra de Lorca dormiría durante largos años y cuando saliera de lo que se llama “el purgatorio”, las circunstancias de su muerte ya no interesarían a nadie? Si algún erudito se interesaba, acaso su mente se confundiría en medio de pistas falsas y contradicciones”.

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN RECUERDA A FEDERICO

“En un acto celebrado en Córdoba, en septiembre de 1936, dice el argentino, rendimos homenaje a García Lorca, quien acababa de ser fusilado por un coronel indigno. Allí, donde cayó Federico, contra el muro del cementerio de Granada, “donde ya no cabían más cadáveres”, al decir de Fernando de los Ríos, pudieron colocar un cartelito con esta leyenda: “Fusilado por inteligente”. Con su asesinato ofendieron a la dignidad humana, a la gracia del mundo, a la poesía”.

Mataron a Federico porque él era uno de los símbolos de la España popular, del espíritu progresista. Porque aún no siendo militante, no era indiferente. Estaba en todo; en el canto y en la vida, en la copla y en el poema civil, de pie sobre la tormenta, en medio de los hechos sociales de su tiempo, clamando por la trasformación de la vida.
Hay una página conmovedora de Federico, un poema que nos dijo alguna vez en la taberna de Pascual, en la calle de la Luna, o en la del Pozo, en la de la Palma o en la Cervecería de Correos, o en cualquier otra parte de Madrid, estando todos juntos en espera de la aurora: La niña ahogada en el pozo. Porque una niña amiga de él, se ahogó en un pozo, en una granja cercana a Nueva York.

¡Cómo reluce su poesía, su teatro poético, su cara oscurecida por el sol granadino! En España fue fusilada la poesía. Hasta hoy, todos los días la fusilan. En otras partes del mundo la fusilan; en nuestro país la fusilan. La fusilan atropellando a la Universidad, persiguiendo y dividiendo a los obreros. La fusilan quienes quieren convertir a nuestro país de tantas y tantas posibilidades, cargado de futuro, en un sombrío gendarme de Norteamérica. Pero aquí, como en España, al desorden uniformado de la muerte, opondremos el orden multiforme de la vida.

Yo fuí uno de los asiduos parroquianos de la Cervecería de Correos, donde él presidía con su luminoso ingenio una peña de escritores y artistas. Casi a diario le vimos hasta el día en que organizó para nosotros un banquete memorable de despedida en la calle de la Luna. No sospechábamos que estábamos viviendo entonces las vísperas de la gran tragedia española. Las vísperas de la muerte del querido amigo.

Por aquellos tiempos él solía salir con su teatro ambulante, “La Barraca”, por esos caminos de España. Le vieron codearse con la gente aldeana, entrar a la casa de los pobres, bendecir a los niños. En el Mesón del Segoviano nos hablaba de una próxima tragedia andaluza que no alcanzó a escribir, sobre el tema del niño que adoraba a su jaca, un niño víctima de la incomprensión del padre terrateniente.

Cuando una vez, con La Barraca, se disponía a representar en la plaza pública de Fuenteovejuna la obra del mismo nombre de Lope de Vega, y supo que habían presos políticos en la cárcel local, reclamó y obtuvo del alcalde la libertad de ellos para que pudieran asistir a la función”.

LA INDIGNACIÓN DE NERUDA

En su “Canto General”, en su poesía a otro poeta mártir, Miguel Hernández, el bardo chileno alza su voz y grita: “Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre en sus libros, los Dámaso Alonso, los Gerardo Diego, esos hijos de perra, silenciosos cómplices del verdugo, que no será borrado tu martirio, y tu muerte caerá sobre esa luna de cobardes”, y, elegíaco, canta: “En el fondo del pozo de la historia, como un agua más sonora y brillante, brillan los ojos de los poetas muertos. Tierra, pueblo y poesía son una misma entidad encadenada por subterráneos misterios. Cuando la tierra florece, el pueblo respira la libertad, los poetas cantan y muestran el camino. Cuando la tiranía oscurece la tierra y castiga las espaldas del pueblo, antes que nada, busca la voz más alta, y cae la cabeza de un poeta al fondo del pozo de la historia. La tiranía corta la cabeza que canta, pero la voz en el fondo del pozo, vuelve de los manantiales secretos de la tierra y desde la oscuridad sube por la boca del pueblo”.

Para honrar la memoria del poeta mártir, rubrico este ensayo con su bella poesía “La casada infiel”.

“Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río. Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata, ella se quitó el vestido, yo el cinturón con revólver, ella sus cuatro carpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. No quiero decir por hombre, las cosas que ella me dijo, la luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena, yo me la llevé del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios. Me porté como quien soy, como un gitano legítimo. Le regalé un costurero grande de raso pagizo, y no quise enamorarme, porque teniendo marido, me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río”.


Escritor autodidacto
Granada 1924

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